Por Alison Fitzsimons

La pregunta. Proveniente del latín, algunos diccionarios etimológicos le han otorgado a esta palabra un significado más bien literario, algo así como “buscar en lo profundo”, “sondear el fondo del río”. Cuánto hay de verídico en la historia de esa definición no lo sé, pero sí considero que el origen del acto de preguntar tiene mucho que ver. Se pregunta desde la incertidumbre, a partir de una necesidad propia del ser humano: comprender.  

La pregunta es aquella expresión con la que se hace manifiesta la intención de revelar algo que es desconocido o confuso para quien la emite. Al parecer la palabra pregunta tiene sus raíces, precisamente, en la acción de explorar sin certeza, según Jorge Wagensberg (investigador, profesor y escritor) “… proviene de la palabra latina conto, que es un palo que el barquero hunde en el agua para explorar su fondo y así prevenir el eventual embarrancamiento” (2012, p. 22). En este sentido, es posible relacionar este explorar con la obsesión de los niños en preguntar y repreguntar con mayor ímpetu ante cada respuesta adulta.  

La pregunta más genuina, espontánea y, podría decirse, aquella que da origen a todas las demás, es la de un niño que comienza a conocer el mundo. Los interrogantes que plantea surgen, en la mayoría de los casos, de su propia experiencia y están impregnados de la perspectiva desde la que él vivencia los fenómenos. El niño comienza a construir su historia a partir de las respuestas que recibe de los adultos y de cuánto se ajusten ellas a sus ideas previas (las posibles respuestas o esperables ya elaboradas en su mente). Es por ello que, en principio, se embeben de relatos heredados, prestados e implantados. 

Así ocurre con la protagonista de “El mar y la serpiente”; escrito por Paula Bombara y publicado en 2005. La niña interroga a su madre: “¿Y papá?”. Tenía tres años cuando no volvió nunca más. Impulsado por esa primera pregunta, el relato avanza en la medida en que cuestiona las ausencias, los movimientos con sigilo y los silencios. Dónde está, por qué no vuelve, por qué se esconden, por qué lloran, “¿por qué nadie tiene una respuesta?”  

Las mismas llegan, pero en forma de vagas y acotadas vacilaciones, algunas bañadas de inventos, en teoría acordes a lo que una niña es capaz de comprender.  

Al comienzo las acepta. No obstante, todo el relato se hilvana a partir de la complejización de los interrogatorios para el fin último: la verdadera construcción de su historia. Conforme pasan los años y cicatriza el dolor de su madre, la protagonista –ya preadolescente- recibe respuestas más claras y dolorosas respecto de la desaparición forzada de su padre durante la última dictadura militar. Por momentos violenta producto de la frustración, nuestra protagonista intentar componer su historia, historia que le ha sido arrebatada a la fuerza: sosteniendo el discurso de un padre que “ha muerto de un paro cardíaco”, que “se perdió”, obligada a callar, a esconder su verdadero dolor.  

¿Quién lo desapareció?, ¿por qué nos torturaron?, ¿por qué se fue?, ¿qué era la Triple A?, ¿qué hicimos mal?, son algunas de las preguntas que comienzan a obtener respuesta y significado, algunas cargadas de una culpa que no le pertenece y un dolor que, por primera vez, puede sentir por ella misma.  

Narrado desde la perspectiva de una niña que quiere volver a ver a su padre a su metamorfosis adolescente donde puede -por fin- relatar su historia y decir: a mi papá “lo hicieron desaparecer en una esquina”, la ficción nos lleva una vez más a reflexionar que como la de ella, hay miles de historias inconclusas, miles de preguntas que al día de hoy no tienen respuesta.  

Bombara deja plasmada la importancia de la memoria y el derecho a conocer la verdad para la construcción de nuestra historia y la de nuestro país.  

“No fue solo a él, hija: fueron miles iguales que él”. 

“Son 30000. 30000 personas con 30000 historias que no pueden contarnos. (…) Hoy nos faltan 30000 personas con nombre y apellido. 30000 es un montón de gente.”  

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